Mientras que los regímenes árabes y la burguesía palestina que les es sumisa han utilizado al movimiento Fatah como un instrumento político y popular para asegurar sus intereses, la Autoridad palestina, establecida en 1994, devoró a la OLP y lo que quedaba de Fatah, convirtiéndose en una herramienta envenenada, una avanzada para el proyecto de normalización y de liquidación de la causa palestina. Ahora asistimos a las ceremonias fúnebres de esta institución cuyo “sello oficial” se encuentra en los bolsillos de los agentes del Shin Bet (servicios de inteligencia israelí) y de la administración civil. En vez de que la OLP sea un puente para el retorno y la liberación, se ha convertido en un puente atravesado por el enemigo sionista para perpetuar un sistema de dominación y de liquidación, todo ello con la bendición del llamado “único representante legítimo”.
Desde 1968, el enemigo sionista ha buscado crear lo de denomina una “entidad palestina” en colaboración con “personalidades de alto rango” en Cisjordania, en Gaza y en Jerusalem Este, que son los representantes de los grandes capitales palestinos, los jefes tribales o los jefes tradicionales (en las dos orillas del Jordán). Estas personalidades y esas fuerzas se han caracterizado, incluso ahora también, por la posición subordinada a sus estrechas relaciones con el régimen jordano.
Las iniciativas y los proyectos liquidadores del pueblo palestino conocidos han sido continuamente reproducidos bajo incontables nombres. El “proyecto de administración autónoma” fue el primero, pero incluso si su nombre cambiaba, su esencia y su contenido seguían siendo los mismos. Estos proyectos de liquidación equivalen a una “solución” colonial sionista reaccionaria, y una alternativa a la solución histórica revolucionaria presentada por la revolución palestina con la escalada de la acción de los fedayines: el proyecto de liberación, del retorno y el establecimiento de una sociedad democrática en toda Palestina.
Incluso su esencia se ha mantenido intacta, iniciativa que se ha traducido sobre el terreno en la firma de los acuerdos de Oslo (1993) por parte de la dirección de Fatah y la creación de la Autoridad palestina (1994). El nacimiento de esta Autoridad fue acompañada de una transformación mayor de los regímenes internacionales y árabes, y del colapso (como una destrucción deliberada), casi total, de la Organización para la Liberación de Palestina y de sus instituciones. De esta manera, los capitalistas palestinos de Cisjordania y de la banda de Gaza han encontrado la ocasión para establecer una entidad podrida bajo el nombre de Autoridad palestina, apoyándose en su partido político, Fatah.
La Autoridad palestina nació como un fruto envenenado, producto de políticas absurdas y monopolistas precedentes. Comenzaba una nueva fase de repliegue y de destrucción y sus consecuencias desastrosas las sufrimos aún en la actualidad. El peligro de la existencia de la entidad de Oslo (la Autoridad palestina) en esta era de neoliberalismo mundial tras el derrumbe del campo socialista, la ocupación directa de los EEUU en la región y las guerras que ha provocado, reside en el hecho de que se ha convertido en una parte de la caja de herramientas para la liquidación de la causa palestina. Es decir, la liquidación del proyecto de liberación nacional a través de sí misma, a través de una “entidad palestina”. En efecto, como se suele decir, “realizar la toma del castillo desde su interior”. El enemigo no hubiera podido avanzar ni siquiera un milímetro sin la presencia de su herramienta palestina, que ha sido ofrecida en su conjunto por la dirección de la OLP para el proyecto de liquidación.
Por supuesto, esto no exonera a las otras facciones de su responsabilidad, aunque en menor grado, en el desmantelamiento del proyecto nacional palestino, particularmente entre aquellas que crearon la ilusión de un “acuerdo” con el enemigo y de un “programa interino” en 1974. Los que lo aceptaron han otorgado a la derecha palestina un pretexto que le permite acometer la vía de las concesiones progresivas, en nombre del “realismo” y de la “táctica”, que conducen a la venta de la causa palestina en su integridad.
La experiencia palestina anterior a los Acuerdos de Oslo indica que la voluntad popular, dirigida por una vanguardia armada, fue capaz siempre de enfrentar y contrarrestar el proyecto de “autogestión” y aislar a las fuerzas que osaban adoptar esta posición, incluso de liquidarlas si fuese necesario (tal y como sucedió durante la confrontación con las redes de los pueblos en los años 1970 y 1980), la aplastante unidad popular y política en el rechazo a la “autogestión” y el regreso del rey Hussein a Cisjordania habrían impedido la puesta en práctica de este proyecto de liquidación.
La Autoridad de los capitalistas árabes y palestinos, en búsqueda de la “paz económica”, de la “estabilidad” y de la “consecución de la paz mediante negociaciones”, ha destruido los fundamentos del proyecto de liberación palestina, y se ha reducido a los intereses del 1% de los grandes comerciantes internacionales y de sus agentes. Por consecuencia, las clases populares palestinas se han vista expuestas, privadas de la capacidad de actuar o influenciar los resultados; más bien ellas han sido encadenadas en los aspectos económico, político y social, marginadas y olvidadas, obligadas por las limitaciones del “nuevo régimen palestino” establecido por el partido Fatah en colaboración con el “sector privado palestino”, con la evidente complicidad de batallones de intelectuales oportunistas en declive.
Las clases populares palestinas han podido, durante el periodo de la marea revolucionaria, frenar las incursiones de la ocupación, limitar la influencia de los regímenes petroleros en el área palestina, y disuadir a los residentes en los palacios de liquidar los derechos de los palestinos, incluso mediante asesinatos o amenazas de liquidación física. Después de 1993, han sido progresivamente despojados de esta capacidad e incluso, privados de mecanismos de cambio pacífico para restablecer su rol confiscado.
Las fuerzas que han propulsado Oslo han destruido lo que quedaba de los fundamentos y de las bases de la economía nacional palestina, desmantelado las instituciones políticas y nacionales globales e inclusivas, y amarrado al pueblo palestino a acuerdos, a leyes, tasas y deudas que han particularmente afectado a los agricultores, los pescadores, los obreros y los empleados empobrecidos, tras reproducir las instituciones de seguridad palestinas por segunda vez tras la Intifada de 2005. Este proyecto fue apadrinado por la CIA y era directamente supervisado por el general americano Keith Dayton conocido por su expresión del “nuevo Palestino”.
Si añadimos a todo esto la precedente y sistemática destrucción de todas las organizaciones populares y federaciones sindicales en el interior y en el exterior de Palestina, y a la confiscación de la voz de nuestro pueblo en la Palestina ocupada de 1948, en el exilio y en la diáspora, el panorama que tenemos se vuelve más claro y más peligroso.
El proceso de demolición del movimiento de liberación palestino ha sido cuidadosamente elaborado y puesto en marcha. Ha sido acompañado por la destrucción de las instituciones de la OLP, vaciándolas de su contenido nacional y democrático, hasta conseguir que la OLP se transforme en una granja privada para Mahmoud Abbas y sus acólitos. En un sentido más preciso, los derechos de las clases populares en la economía palestina y en la OLP han sido robados.
La entidad de Oslo se ha presentado por lo tanto como una receta para destruir el movimiento nacional palestino, desapareciéndolo de la escena. Esto se ha acompañado de la proliferación del fenómeno de las “organizaciones no gubernamentales” en nuestra sociedad que han tomado el lugar del movimiento estudiantil, feminista y obrero, reproduciéndolos en base a los conceptos y visiones liberales y occidentales, despojados de su contenido de liberación nacional.
El régimen de Oslo constituye la arista más peligrosa del proyecto de liquidación de la causa palestina, y presenta la imagen más subordinada al imperialismo y al sionismo en el marco de los regímenes árabes oficiales. Es el flanco más débil del triángulo Camp David – Wadi Araba – Oslo, que es apadrinado particularmente por los Estados Unidos y Arabia Saudita, pues otorga al discurso sionista una “legitimidad” palestina oficial. Así, la OLP se ha transformado de una locomotora de liberación a una granja privada para los mercaderes, los cortesanos y el grupo “sagrado” de coordinación de la seguridad.
La salida de esta realidad compleja no será posible sin una larga lucha revolucionaria y una voluntad popular palestina y árabe unificadas que imponga de nuevo los derechos del pueblo palestino, devolviendo a la lucha a sus fundamentos. Esto debe ser dirigido por la resistencia armada palestina y el movimiento de los prisioneros, quienes participan activamente en las fuerzas de lucha y de movilización populares en el interior de Palestina y en la diáspora.
Khaled Barakat, militante y escritor palestino.
Traducción: Fundación Pakito Arriaran
