Jon Alonso: “La ONU da por probada la participación de al menos un Estado en el secuestro y asesinato de Naparra”

Jon Alonso
Javier Lezaola
Entrevista a
Jon Alonso

Entrevista a Jon Alonso, autor del libro ‘Naparra. Caso abierto’, sobre el caso del militante de los CCA José Miguel Etxebarria, secuestrado y asesinado en 1980, sin que, más de 40 años después, su cadáver haya aparecido aún.

José Miguel Etxeberria y Jon Alonso tienen algunas cosas en común, como su lugar y su año de nacimiento (Pamplona-Iruña, 1958) y el ambiente en el que crecieron, la capital navarra en los años sesenta y setenta. Militante de los CCA (Comandos Autónomos Anticapitalistas), José Miguel Etxebarria, ‘Naparra’ y ‘Bakunin’, se exilió en Iparralde –la parte del País Vasco en territorio del Estado francés– en 1978 y allí fue secuestrado y asesinado en 1980, sin que, más de 40 años después, su cadáver haya aparecido aún. Jon Alonso es el autor de ‘Naparra. Caso abierto’, un libro, publicado recientemente por la editorial Txalaparta, que trata de aportar luz al caso de Etxebarria, uno de los acontecimientos más oscuros de una etapa oscura.

PREGUNTA– ¿Cómo era la Pamplona de los años sesenta y setenta, en la que crecisteis Naparra y tú?

RESPUESTA– Pamplona en los años sesenta y setenta era una ciudad oscura, clasista, hipócrita y conservadora hasta la médula. Ya lo dejó escrito Pío Baroja hace muchos años: “Pamplona con sus murallas, su plaza del Castillo y su catedral tenía carácter y un espíritu conservador. Luego la vi treinta años después. Había perdido carácter; lo que no había perdido era su espíritu conservador”. Desde los sesenta han pasado 50-60 años, pero no estoy muy seguro de que las cosas hayan cambiado demasiado.

P.– ¿Cómo era –como persona y como militante– Naparra y cuál fue su trayectoria?

R.– Naparra fue una de las personas que, en aquel ambiente nada pacífico y sí muy convulso e inestable de la Transición, optó, como muchas otras en aquellos tiempos, por la lucha armada. Yo le conocí de niño. Desde muy joven, destacaba por su gusto por la lectura, sobre todo Historia y pensadores marxistas clásicos. Como militante fue buscando la organización que más se acercaba a su ideología anarquista, y acabó en los Comandos Autónomos Anticapitalistas.

P.– De hecho, cuando fue secuestrado, militaba en esos CCA, una organización armada que sigue siendo poco conocida.

R.– Sí, se ha mantenido una desinformación interesada sobre esa organización, presentándola muy frecuentemente como “Comandos Autónomos de ETA”, como si fueran una parte de esta última organización, cuando en realidad era otra organización distinta sin ninguna relación con ETA.

P.– ¿Qué se sabe actualmente sobre el paradero del cadáver de Naparra?

R.– Nada definitivo. La última noticia proviene de un supuesto exagente de inteligencia español que, al hilo de otras investigaciones, reveló que el cadáver estaba enterrado en un punto concreto de Las Landas, cerca de Dax. El juez de la Audiencia Nacional que lleva el caso tiene solicitada una comisión rogatoria a las autoridades francesas para realizar las excavaciones pertinentes en ese lugar, pero esta rogatoria se cursó hace ya más de tres años y todo está paralizado.

P.– ¿Y qué se sabe sobre quién y por qué encargó su desaparición y sobre a quién se la encargó?

R.– La primera reacción de los propios CCA, de su familia, amigos y entorno, de los grupos políticos de izquierda… fue atribuir la desaparición a una maniobra de guerra sucia ejecutada por grupos parapoliciales, una tesis que sigue vigente hasta hoy en día y que es ampliamente mayoritaria en la sociedad, como demuestran las declaraciones al respecto del Parlamento de Navarra y del Parlamento Vasco, entre otras. Una parte de sus excompañeros de los CCA, en cambio, atribuyen la desaparición a una maniobra de ETA. Sobre las razones, sólo existen especulaciones, desde quienes como motivo de la acción destacan la importancia ideológica del desaparecido hasta quienes piensan que la única razón de la misma fue estar en el lugar erróneo en el momento más inoportuno.

P.– Su desaparición la reivindicó el BVE (Batallón Vasco Español).

R.– Así es. Y lo hizo en cinco ocasiones y proporcionando datos a veces contradictorios que crearon un efecto de cortina de humo y un ambiente de confusión. En todo caso, el BVE existió y tuvo relevancia en la lucha contraterrorista dirigida desde las cloacas del Estado: sucesos de Montejurra, eliminación de militantes de organizaciones exclusivamente políticas, etcétera.

P.– También se ha hablado mucho sobre un comunicado de la agencia Efe y sus consecuencias.

R.– En el ambiente de confusión de los primeros días, la agencia Efe emitió un comunicado en el que, basándose en informaciones recabadas en fuentes sin determinar del País Vasco francés, sostenía que habían sido sus propios compañeros de los CCAA quienes le habían hecho desaparecer, acusándole de haberse apropiado de un dinero de la organización para su propio beneficio, extremo que fue inmediatamente desmentido por los CCAA. Hoy en día está fuera de toda duda la falsedad de lo que decía aquel comunicado, pero en su momento sirvió para acrecentar la ceremonia de la confusión.

P.– El caso tiene dos vertientes: una, la propia desaparición y asesinato de Naparra, y otra, los más de 40 años de lucha por parte de su familia y amigos para encontrar su cadáver y esclarecer lo ocurrido, una lucha infatigable pero solitaria y llena de silencios institucionales.

R.– Por parte de la familia, se puede decir sin temor a equivocarse que, a partir de su desaparición, el leitmotiv de su vida fue la búsqueda del hijo desaparecido. El padre, Patxiku Etxeberria, murió en 2006, y la madre, Celes Álvarez, en 2018, y ambos murieron sin poder traer los restos mortales de José Miguel a su casa, como era su deseo. Es muy triste ver que murieron sin conseguir su objetivo, pero nos queda el ejemplo de su dignidad, su abnegación, su valor y su coraje. Gracias a ellos, y a quienes han continuado esta batalla –principalmente, su hijo, Eneko, y su mujer, Amaia– se han ido consiguiendo algunos logros que hace veinte años eran inimaginables, como cierto reconocimiento de diversas instituciones autonómicas, en la medida en que estas han ido asumiendo que hay víctimas del conflicto provocadas por la extrema derecha y diferentes violencias policiales injustificables. Pero el máximo exponente de este reconocimiento institucional proviene del ámbito internacional, pues el Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas de la ONU admitió en 2014 que el caso de José Miguel Etxeberria Álvarez es un caso de desaparición forzada, con todo lo que ello quiere decir desde el punto de vista del Derecho Internacional. Igualmente, el trabajo infatigable de la familia ha servido para que el caso, casi 42 años después, siga siendo conocido y esté presente en la sociedad pamplonesa en particular y vasca en general.

P.– Que la ONU admitiera en 2014 el caso como desaparición forzada supone nada menos que el delito no prescribe, y en ‘Naparra. Caso abierto’ insistes precisamente en que el caso está abierto y no se cerrará al menos mientras sus restos mortales sigan sin aparecer.

R.– Efectivamente. Desde el punto de vista del Derecho Internacional, ese delito no sólo no prescribe sino que es un delito continuado, es decir un delito que se sigue cometiendo hasta la aparición de los restos mortales. Por otra parte, la declaración de desaparición forzada supone que los declarantes dan por probada la participación de al menos un Estado en la comisión del delito, sea de manera directa o por delegación en grupos paraestatales. Otras características de ese delito son la negación del mismo por parte de quienes lo cometieron y el ocultamiento de cualquier información sobre el caso a los familiares y allegados del desaparecido.

P.– ¿Cuáles son las principales vías de investigación abiertas sobre el caso?

R.– Existe la comisión rogatoria solicitada por la Audiencia Nacional, y si se produjera la excavación solicitada en Francia pero no se encontrara el cadáver, a la vista de los resultados se podrían producir otras actuaciones. Por lo demás, es un tema complejo… Con una ley de secretos oficiales semejante a los estándares europeos actuales, probablemente ya sabríamos que pasó y qué se hizo con el cadáver, pero la actual Ley de Secretos Oficiales es de tiempos de la dictadura de Franco, y quienes sigan un poco lo que ocurre en el Congreso de los Diputados ya saben que la tramitación de una nueva ley no está resultando precisamente sencilla. Mientras esto sea así, siempre estaremos al albur de que alguien que conociera el caso en su día quiera proporcionar nuevos datos, o de que por casualidad aparezcan nuevas pistas.

Fuente
https://luhnoticias.es
Categoría